foto por Fernando Pacheco

La Bestia por Gabriela Brizio

¡Alegría! ¡Lleve su alegría! Se escucha un señor de fondo gritando mientras yo platico con José, un hondureño de diecisiete años que me cuenta que es la cuarta vez que intenta cruzar “al otro lado”, yo no puedo más que preguntarme a que edad habrá empezado a migrar e indignarme por la injusticia de las situaciones que tiene que vivir un chavo que debería de estar pensando en como conquistar  a su novia o talvez tener su primera vez. En cambio su vida lo ha llevado irremediablemente a vivir en sus últimos años entre vías y fronteras tratando siempre de sobrevivir llevando el cuerpo al límite, pasando días sin agua, comida y pensando de forma constante “no te duermas, por favor no te duermas”; nos dicen el y su amigo Wilfredo (también hondureño) que muchos han caído ante aquella máquina llamada por los migrantes “La Bestia”  por quedarse dormidos.

Los hondureños son solamente dos de los muchos migrantes que han pfoto por Fernando Pachecoasado por casa de Las Patronas en Amatlán de los Reyez, Veracruz. Son un grupo de mujeres que sin pensarlo han dedicado su vida a alimentar a  migrantes que van montados en “La Bestia”. Nos cuenta Doña Norma que todo esto lo empezaron gracias a Doña Leo a quien un día un par de migrantes le pidieron a gritos comida así es que ella les regalo algo de la comida que tenía, poco a poco el número se empezó a  multiplicar  y así todas decidieron volver esto su vida.

Un día con ellas transcurre alrededor de la actividad del tren, se despiertan temprano para despedir a los esposos que se van a trabajar como jornaleros a las cinco de la mañana después a las ocho van por el pan que es donado por Chedraui y después  a darle como locas a la cocina. En la entrada se alcanza a ver un  muy organizado  pizarrón en donde están bien documentadas las actividades, el día  y la mujer que se encarga de que cosa: cocina, frijoles, arroz, pan. Y así se les va el día en la cocina, esperando a que el contacto de Tierra  Blanca de el pitazo de la salida del tren que llega a donde ellas se encuentran en aproximadamente dos horas, se empieza a empacar la comida y de repente a lo lejos se escucha el pitido del tren  y ¡a correr! Es necesario acomodarse a distancia razonable una de la otra, así se podrá dar más comida. Aunque esto dependerá también del conductor del tren pues hay quienes bajan la velocidad a cambio de un “itacate” o por ser solidarios con las personas a bordo, pero hay otros que en cuanto las ven salir aceleran para evitar que se alimente a los migrantes, pero esto no frena  a estas mujeres que sin temor a la velocidad siguen repartiendo con todos sus esfuerzos la comida. Se escuchan más alto que ruido del tren los gritos de  migrantes abordo suplicando agua, dando las gracias o  repartiendo bendiciones  a estas mujeres cuyas vidas son realmente un acto de fe.

Acercarte a esta realidad te deja una maraña de sentimientos difíciles de dividir. Por una parte sientes la tristeza e impotencia por no poder ayudar de una forma más profunda, de saber que la migración se empieza por diferentes circunstancias tan enraizadas en las sociedades modernas que son difícilmente (aunque no imposible) modificables. Un enojo porque al final, esto no es un fenómeno nuevo y siguen existiendo negativas por parte del gobierno y la sociedad a llevar a cabo procesos de políticas inclusivas para gente, que aunque la mayoría de la población no quiera ver, van a seguir subiendo a este tren volviéndose simplemente moscas. Por último un sentimiento de alegría que exteriorizas hasta las lágrimas; estas mujeres han decidido no voltear a otro lado, han decidido no entrar a la eterna discusión de si el migrante es bueno o es malo y verlo como un ser humano en necesidad. Las Patronas empezaron sin saber que había más allá de su pueblo pero buscando en un mapa, como dice Doña Norma, ahora saben donde esta Guatemala, Honduras y todos esos países expulsores de migrantes, con los cuales actualmente buscan organizar una red de albergues que protejan al migrante, en donde se les una el propio (aunque pequeño) y uno más en Orizaba también organizado por ellas pero dirigido por el padre Alejandro.

Lo que pueda escribir aquí es insuficiente para relatar a cada una de estas mujeres que nunca ví de malas siempre riendo de nuestras tonterías y siempre dispuestas a dar una mano. Doña Leo que sin hablar mucho inspira a quien se le ponga enfrente un profundo respeto y admiración. Fabi y Juli que siempre te andan contando nuevos chismes y que desde que las saludas no paran de hablar. En verdad sólo me queda decir que si estas leyendo esto no te quedes con las manos cruzadas, la comida y ropa que estas mujeres dan a los migrantes son donaciones. Si tu puedes organiza con tus amigos o vecinos una vez al mes una colecta de comida arroz, frijol, latas de atún y ropa; o contacta en el departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad Iberoamericana a Javier Urbano. Debes de estar seguro que estas donaciones se darán en persona y que tendrán un muy buen uso. Por favor no seas de los que se voltean y abre los ojos a la realidad mexicana, estas mujeres me los han abierto.

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